El problema ético de los niños con tres padres

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Iñigo De Miguel Beriain, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

El 9 de abril de 2019 nacía en Grecia una criatura engendrada mediante una técnica denominada transferencia mitocondrial, bautizada en los medios como “niño con tres padres”.

El fin de esta nueva herramienta es sencillo: en algunos casos, el ADN de la mitocondria de una mujer se muestra tan defectuoso que puede ocasionar graves patologías a la descendencia. O, incluso, impedir el desarrollo del embrión. Para solucionar este problema la técnica recurre al óvulo de una donante, cuya mitocondria se transfiere a un óvulo o embrión afectado de modo que la madre pueda engendrar hijos sanos.

En principio esto resulta loable. Sin embargo, hay también razones por las que poner en duda su legitimidad moral. Sobre todo si se utiliza como solución contra la infertilidad en lugar de como medio para impedir enfermedades.

La intervención en la línea germinal

Una de las primeras objeciones que se suelen formular a la transferencia mitocondrial es que supone una forma de edición genética de la línea germinal -el genoma que se transmite a la descendencia-, por más que el cambio sea pequeño y no afecte al material genético del núcleo celular. Si se visualiza la línea germinal humana como algo sagrado, habría que oponerse al uso de esta técnica.

Hay varias respuestas posibles a este argumento. La más obvia es que es difícil pensar que un reemplazo mitocondrial afecte en algo al genoma humano como tal. Se sustituye una expresión patológica de unos genes muy concretos por otra que no lo es. Ahí acaba la historia, con lo que no existe ninguna forma de innovación a nivel genético.

Aunque no fuera así, conviene recordar que no hay buenos motivos por los que oponerse a todo cambio en la línea germinal, sobre todo cuando se trata de curar o evitar enfermedades. Además, cualquier cambio en el ADN germinal solo llegará a ser importante si hablamos de descendientes femeninos. Si la criatura engendrada es un varón (lo que puede garantizarse mediante diagnóstico genético preimplantatorio), su ADN mitocondrial nunca se transmitirá.

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Identidad y muerte del embrión

Otro motivo por el que dudar de la moralidad de esta técnica es que un cambio efectuado en etapas tan tempranas de la vida puede tener consecuencias de hondo calado. Hay quienes, como Maureen L. Condic, sostienen que una transferencia mitocondrial que se efectúe sobre un embrión -no así si se realiza en el óvulo- supone en realidad su muerte. La nueva estructura generada con el trasplante sería una entidad diferente.

Sin llegar tan lejos, es posible pensar que la transferencia alteraría drásticamente la identidad genética de la criatura. Esto supone, a juicio de muchos, un serio problema, no solo ético sino también jurídico. En este sentido, el nuevo Reglamento Europeo de Ensayos Clínicos proclama, en su artículo 90, que “no podrán realizarse ensayos de terapia génica que produzcan modificaciones en la identidad génica germinal del sujeto”.

Podría, por tanto, plantearse que el caso frente al que nos hallamos es tanto inmoral como ilegal en el marco de la Unión Europea.

Esta última argumentación es fácil de refutar: un representante de un centro llamado European Bioethics Research ya intentó en su día excluir la posibilidad de aplicar esta técnica en el Reino Unido (el único país de la UE que ha legalizado esta técnica) a través de una petición al Parlamento Europeo. Fue rechazada sobre la base de que la normativa sobre ensayos clínicos no se extiende a la transferencia mitocondrial. Si pensamos, en cambio, en la vertiente ética de la discusión, quizás merezca la pena resaltar que la defensa de la identidad no puede ser tan ferviente que excluya la posibilidad de variar una expresión genética que predisponga a una enfermedad.

¿Niños a demanda?

Pensarán que considero, en suma, que las técnicas de transferencia mitocondrial no tienen problemas éticos relevantes. Tal vez fuera así si no existiese un último factor necesario a tener en cuenta: el factor de la seguridad de la técnica. Y este es, precisamente, el que me genera reparos. A mi juicio, ahora mismo hay motivos para albergar ciertas dudas a este respecto, a pesar de que la autoridad británica correspondiente (la HFEA) la haya respaldado.

Habrá quien señale que soy demasiado exigente, que siempre existen dudas cuando aplicamos una tecnología novedosa. Nadie tenía en los años 80 la absoluta certeza de que las técnicas de fecundación in vitro fueran inocuas y, a pesar de eso, seguimos adelante con ellas.

La comparación es un tanto engañosa. De hecho, entender la diferencia con el caso de la transferencia mitocondrial puede ayudar a entender el porqué de mis reparos.

La fecundación in vitro sirvió para que personas infértiles pudieran tener descendencia biológica, un problema que no tenía alternativas más allá de la adopción. De ahí que la técnica pareciera legítima desde un punto de vista moral, a pesar de los riesgos inherentes.

Esto no sucede, a mi juicio, en el caso de la transferencia mitocondrial. A diferencia de lo que ocurre en el caso de la fecundación in vitro, esta nueva tecnología no abre a las personas una posibilidad tan maravillosa como la de ser padres, sino que capacita a una mujer para engendrar un niño genéticamente relacionado con ella.

Sin querer restar importancia a este hecho, parece razonable plantearse si el deseo de conservar los genes es tan importante como para optar por esta técnica en lugar de otras de cuya seguridad tenemos menos dudas. Por ejemplo, la fecundación de un óvulo donado y libre de problemas relacionados con la mitocondria.

Existen alternativas más seguras

Llegados a este punto tendríamos que empezar a valorar cosas muy complejas, pero que están en el corazón del debate.

En mi opinión, uno de los grandes logros de nuestra evolución moral (sí, ¡la ha habido!) ha sido el cambio de perspectiva en torno a la paternidad. A día de hoy somos cada vez más conscientes de la responsabilidad y obligaciones morales que implica ser padres.

Una de ellas es la de intentar traer a este mundo a niños que gocen de la mejor salud posible. Si aceptamos este principio general resulta muy evidente que, en general, siempre tendremos que optar por una técnica segura antes que por otra que no lo parece tanto, salvo que haya un motivo poderoso por el que romper esta regla.

¿Es el deseo de mantener el lazo genético con la descendencia uno de estos motivos? En mi opinión, no. No solo porque no creo que la relación genética sea tan importante, sino porque me crea la sensación de estar aceptando que un deseo de los padres, comprensible, pero no de entidad suficiente, se pueda anteponer al bienestar de la descendencia.

Francamente, prefiero un escenario en el que ocurra lo contrario. Es decir, que los progenitores sean capaces de renunciar a un anhelo en favor del mejor interés de sus hijos. Hijos que serán tan biológicamente suyos como los producidos por transferencia mitocondrial, aunque no compartan sus mismos genes. Ni que decir tiene que si me convencieran de la seguridad absoluta de esta tecnología esta objeción perdería su vigencia. Ojalá que así sea.

Iñigo De Miguel Beriain, Investigador distinguido Facultad de Derecho. Ikerbasque Research Professor, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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